Acabo de recibir un mensaje por correo electrónico, supuestamente de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), que me alarmó bastante. El primer impulso fue el de confinarlo al rincón, donde suelo tirar toda clase de maldiciones: pelos con dientes, árboles colgados del cielo como ahorcados, ventanas sin estrellas por las que se asoman los sueños más diabólicos. El segundo impulso fue este, exorcizarlo en mi blog, que es un pequeño cantero para rosas y colores y hasta hilos raíces, de los que se sostienen las almas.
Esto tiene que ser otro jueguillo –me dije- que se extiende por la red y pica y pica y llega lejos, muy lejos, como boliche endemoniado. Porque, fíjate, el susodicho correo parece pariente de otro que hace algunos días me envió una amiga desde Chiclayo, Perú, y que, incluso, comenté con algunos compañeros de trabajo. El parentesco se lo atribuyo por la paranoia que puede ser capaz de desencadenar (no toques nada que venga de un extraño pues pueden adormecerte y luego robarte los órganos) y porque la segunda parte del mensaje es una copia al calco de la supuesta alerta de la policía cubana.
Pero existe un peligro aún mayor, y es que cada uno le fue enviado a múltiples destinatarios, que éstos a su vez, lo enviaron a otro grupo y ese grupo a otro y luego a otro, lo que lo convierte en una tradicional cadena de correo electrónico.
Técnicamente esta clase de mensajes, la mayoría de las veces indeseable, incómodo y perjudicial para los receptores, constituyen un oneroso problema administrativo debido al consumo excesivo de ancho de banda, así como el espacio de almacenamiento que implican al crecer de manera exponencial. Por ejemplo, suponiendo que un usuario envía un mensaje en cadena a cuatro personas, y éstas a otras cuatro, y así sucesivamente, veremos que cada vez que el mensaje se transmite, la cantidad de copias del mensaje se multiplica por cuatro. Resultando en una progresión de 4n, donde n es la cantidad de retransmisiones. Desde luego, rara vez los mensajes en cadena siguen una progresión predecible en términos numéricos (cada usuario decide a cuántos otros les envía la cadena o, incluso, no reenviarla). También es cierto que los mensajes en cadena pierden efectividad cuando el conjunto de potenciales reemisores está saturado (todos lo han leído ya y comienzan a recibirlo de vuelta).
Lo que sí es seguro es que en casi todos los casos, la información que se presenta es falsa o fraudulenta. Por otra parte, casi la totalidad de los mensajes en cadena son utilizados para rastrear direcciones de correo electrónico, con el fin de enviar publicidad no deseada, spam, y en el peor de los casos virus informáticos.
Otro grupo de información que incomoda a los receptores de las cadenas de correo electrónico son generalmente, chistes, humor negro, rumores, entre otros.
En la categoría de rumores perfectamente clasifican los aquí consignados. Dicen los entendidos en la materia que estas cadenas generalmente tienen el mismo formato. Este consta de un ‘gancho o anzuelo’, una amenaza y una petición. La mayoría explotan los buenos sentimientos de las personas, su avaricia o sus supersticiones y claro está, su ignorancia como usuarios pues al final de la carta se le pide que reenvíe el mensaje a x número de contactos.
Otras cadenas de mensajes, conocidas muchas veces también como cadenas de la suerte surgen como correos convencionales que solicitan al remitente reenviarlo bajo la amenaza de que “romper la cadena” ocasiona mala suerte.
Pienso que la alerta que nos concierne y que tiene que ver con virulentas jeringas, escondidas en asientos, agujas en teléfonos públicos y vaya usted a saber que otras morbosidades, apunta más a un maremágnum para confundir y sembrar pánico en nuestro pueblo o quizás preludia un nuevo ataque a nuestras redes informáticas.
No digo que nuestra sociedad está exenta de personas inescrupulosas o mentalmente enfermas que se deleitan con el sufrimiento ajeno. No somos la excepción. Pero me cuesta quedarme quieta y dejar que el boliche endemoniado me aplaste y andar de paranoica por ahí pensando que la muerte o “la vida real” me acechan.
Esta es la vida real y voy a seguir orgullosa porque en mi pequeña isla no hay toques de queda, ni secuestros, ni tráfico de armas, ni de órganos, y mucho menos son noticia las pandillas, las violaciones y los asesinatos.